Álvaro Siza en el café

Cuenta una leyenda, que uno de los mejores arquitectos del mundo, el portugués Ávaro Siza, premio Pritzker 1992, se pierde muchas noches por los cafés de Oporto para pensar y dibujar los proyectos que después construirá en medio mundo.

El camarero es un hombre enjuto, calvo y de mediana estatura, que prodiga esa habilidad de su profesión que consiste en mirar sin ver. En esta ocasión, sin embargo, ha fijado su atención en un cliente acodado en la mesa más remota del café, cerca de las cristaleras y la puerta de acceso, que lleva un buen rato dibujando.

El parroquiano tiene un aspecto solitario y melancólico, como la mayoría de los habituales del local, y cierra los ojos de vez en cuando, con un gesto que al principio le hizo pensar en el preludio de una siesta, pero que ahora le ha intrigado, al comprobar que, no obstante, el bolígrafo continuaba su recorrido por la planicie blanca del papel como si tuviera vida propia.

Casi sin darse cuenta, el camarero se acerca a la mesa y, después de recoger en su bandeja pulida y gris una taza de porcelana, un plato con dibujos florales y una jarra de agua, pregunta al cliente si desea que le sirva algo más. El hombre pasea suavemente la mano izquierda por la barba canosa y susurra una negativa con voz grave, mientras reordena la mesa para dejar espacio a una nueva cuartilla que enseguida llena de trazos fugaces y seguros.

Álvaro Siza se encuentra cómodo en ese café de Oporto en el que todavía no le conocen y donde puede concentrarse en sus pensamientos bien entrada la noche, después de una jornada de reuniones y conversaciones telefónicas.

El café es un territorio neutro, un lugar donde sentirse discretamente acompañado sin perder una pizca de aislamiento, de la soledad en la que se instaló hace muchos años, cuando su esposa le abandonó de forma inesperada: Maria Antónia era bellísima y dibujaba muy bien, y un día con solo 33 años, murió en silencio, mientras dormía, sin que nadie se diera cuenta.

Siza dibuja compulsivamente, en cualquier circunstancia, tal vez porque esa actividad que combina la intuición, la mente y el esfuerzo físico consigue liberarle de preocupaciones. Sus favoritos son los dibujos de viaje, cuando pasea al azar, sin plano, por ciudades más o menos desconocidas de los cinco continentes. En alguna ocasión ha comentado que duda que haya algo mejor que estar sentado en “una terraza de Roma al final de la tarde, disfrutando del anonimato y de una bebida de color exquisito, con monumentos y monumentos por ver y la pereza que avanza dulcemente”.

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