Entrevista a Félix Beltrán: “No hay acto de comunicación que no sea para persuadir”

Es una de las grandes figuras internacionales del diseño gráfico. Se formó con los padres del género en Nueva York en los años cincuenta. Impulsó el cartelismo cubano en los sesenta, escribió el primer libro sobre diseño gráfico en América Latina, y ha ganado 137 premios en diferentes países. Con España, Félix Beltrán mantiene lazos estrechos: es asesor de la Bienal Iberoamericana de Diseño y participó en 2016 junto a Cruz Novillo en una exposición en la Casa de América.

Texto: Juan Altable

Fotografía:

 

-Usted nació en Cuba, pero a los 18 años se marchó a Nueva York ¿Cuál fue la razón?

-De niño me detectaron una enfermedad, el crecimiento excesivo de la córnea, y mis padres, aunque eran muy humildes, me llevaron a Nueva York para que me practicaran un trasplante. Después me quedé a vivir allí, para estudiar en la Escuela de Artes Visuales.

-Durante los años siguientes se relacionó con los grandes maestros que crearon el concepto moderno de diseño: estudió con Bob Gill; conoció de cerca a Herbert Bayer, el encargado de publicidad de la Bauhaus; fue asistente de Herbert Matter, pionero del fotomontaje…

-En los años cincuenta, Estados Unidos vivía el entusiasmo por la victoria en la II Guerra Mundial. Nueva York era un lugar de acogida para muchos de los mejores cerebros europeos que habían escapado del fascismo y esperaban encontrar una apertura que no se daba en Europa Central. Ellos aportaron una gran riqueza, que se mezcló con la visión práctica de los norteamericanos.

-El diseño norteamericano está muy apegado a la comunicación directa, a lo funcional…

-La gran lección nos la da el mundo natural, donde todo lo que existe tiene una función, que se ha ido probando en un largo proceso de evolución y adaptación. Cuando los seres humanos diseñamos nuestro mundo artificial, deberíamos imitar lo que la naturaleza nos enseña. En mi opinión, en el diseño nada debe estar fuera de la función. Mi interés por la geometría deriva de la misma idea.

-Tras el triunfo de la revolución cubana abandonó Nueva York, donde ya tenía un estatus profesional, ¿por qué volvió a La Habana? – En Nueva York aprendí también mucho sobre la discriminación racial, los desahucios de ancianos, la preeminencia del tener sobre el ser que impone el sistema capitalista, y empecé a participar políticamente; el FBI venía a verme de vez en cuando. Cuando triunfó la revolución, volví a Cuba.

-Usted fue el impulsor del cartelismo cubano, que tuvo una enorme repercusión internacional a finales de los sesenta…

-Al comienzo de la revolución, teníamos muy poco tiempo para trabajar, había escasez de materiales, como papeles y tintas, y por lo tanto no se podían hacer escenas muy difíciles de representar. Recuerdo por ejemplo que Alejo Carpentier, con quien trabajé en la Editora Nacional de Cuba, quería editar la novela Rojo y Negro, de Stendhal, y me llamaron de la imprenta para decirme que no les quedaba tinta roja, que solo había verde. Les contesté que eso no suponía ningún problema, porque así la cubierta del libro llamaría más la atención.

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