Tengo un secreto para ti.

Texto: Grassa Toro

Imagen: Pep Carrió

 

—Hoy en día lo acontecido se puede relatar así, desde Picasso, sí, desde 1907, para ser más exactamente. Usted va disponiendo pedazos, de un lado, del otro, los va repitiendo, los rompe, los separa, los reúne, los multiplica, los distancia, los fragmenta, los relaciona, los divide, los multiplica, los acerca. ¿Juan Gris? Le estoy hablando de Picasso. Sé categóricamente quién era Tarrats —se responde ella sola, La Rusa—, lo que hizo Picasso fue rompernos el cerebro para que ya no pudiéramos regresar a ver nada completa, en una pieza. Alguien tendría que haber hecho pedazos los pedazos de las Señoritas de Avignon, haberlo parcelado con una cuchillo de picar cebolla. Se le hubieran bajado los fuegos al andaluz y la humanidad se habrían salvado.

Prende el Mac, y aparecen las primeras imágenes en la pantalla del portátil. Se distinguen manchas y luz. Se oye una voz, se oye una voz. Se oye una voz cerrada, una voz que tiene poco sitito dentro de mucho sitio, dentro de todo el sitio, una voz encerrada en una cajita lanzada al aire. Un voz dentro de una piedra lanzada al aire. Se oye una voz que quiere que alguien la oiga, una voz perdida en el cielo azul, encerrada en una cajita que da vueltas lanzada al aire, encerrada en una piedra arrojada, una piedra con alas de plomo que la ayudan a remontar el vuelo, se oye una voz que apunta, una voz que grita para dar en el blanco, una voz de piedra con acento de aquí, una voz que lleva cien días sin volver a casa, una voz que no sabe qué hace, que sabe qué va a hacer, eso sí lo sabe, una voz que busca el hueco entre las ramas de los árboles. Una voz, se oye una voz que no deja de dar vueltas buscando un hueco entre las ramas de los árboles, buscando aprobación, una voz que pide permiso, una voz allá arriba, en el azul del cielo, pidiendo permiso, una voz encerrada, una voz sola, una voz, se oye una voz, y en la pantalla se abre un claro en la selva, hay una casita, un corral, un perro con la cabeza alzada, una cuerda estirada de palo a palo, con algunos ganchitos de los que no cuelga nada, hay una mujer doblada sobre su cintura, dejando caer la larga cabellera hacia delante como si se tratara del telón de un teatro, al sol. No se ven niños. La voz anuncia su decisión y se despide, tiene concedida la autorización, desciende, desciende, todavía algo más, ya distingue la mirada del perro, la ausencia de ropa tendida, la cabellera de la mujer, brillante, húmeda, ya distingue el bien del mal, y dispara una frenética ráfaga de proyectiles que divide en dos la realidad, a un lado queda la mitad izquierda de Mariaelena, al otro lado la mitad derecha. Este reparto no se ve porque la voz alza el vuelo tras el último disparo y el polvo que levantan los motores enturbia el destino. Que Marielena acabó siendo sus dos mitades, que a Mariaelena la metralla le recorrió la columna vertebral se supo después, durante el levantamiento del cadáver. La cámara del avión no deja de grabar y a pesar de que la imagen es en blanco y negro, volvemos a distinguir las diferentes clases de árboles por el verde, dice La Rusa, que no deja de abrazarme y de repetir lo hermosa que es esa zona del país. Y que me llevará, que quiere verme dentro del agua profunda de uno de los ríos que atraviesan la selva, que sólo allí me conocerá y yo la conoceré.

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